Aztlán y la familia uto-azteca
Cuando se habla de la historia prehispánica del norte de México, casi siempre se empieza por lo que falta. Los pueblos que habitaron los desiertos de Chihuahua, Sonora y el suroeste de Estados Unidos no dejaron códices ni crónicas. Dejaron petrograbados, puntas de lanza, cerámica y ruinas de adobe. Durante mucho tiempo, la arqueología mexicana prefirió mirar hacia el centro y el sur del país, hacia los mayas y los mexicas, y el norte quedó como una especie de nota al pie de menor relevancia. Pero las lenguas han sido un archivo vivo que el desierto no logró enterrar. Un parentesco que cruza fronteras Si uno pone lado a lado el hopi de Arizona, el comanche de las llanuras, el rarámuri de la sierra Tarahumara y el náhuatl del altiplano central, a primera vista parecen no tener nada en común. Sus hablantes vivieron en ecosistemas distintos, con economías distintas y, en muchos casos, sin contacto entre ellos durante siglos. Sin embargo, el análisis comparativo ha demostrado que todas p...