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2 ago 2026

"Moyote”: biografía lingüística de un nahuatlismo norteño


Introducción

Hay palabras que uno da por sentadas en su uso hasta que “sale de su rancho” y descubre que son más especiales de lo que se creía. Eso me pasó con los moyotes; palabra característica del septentrión mexicano con la que crecí nombrando a ese insecto zumbador que el resto del mundo hispanohablante llama mosquito  y el resto de México también denomina zancudo.

Se trata de un sustantivo trisílabo, llano, de estructura silábica CV.CV.CV, cuya representación fonémica es /moʝóte/ y cuya realización fonética más habitual en el español mexicano puede transcribirse como [mo.ʝo’.t̪e], con una fricativa palatal sonora [ʝ] en posición intervocálica y una oclusiva dental [t̪], propia del español. 

La idea de buscar esta palabra en el diccionario no me había cruzado por la mente. Sé lo que significa eso me parecía suficiente. Mi primer impulso fue consultar el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), donde la palabra, como me esperaba al tratarse de un nahuatlismo que además es regionalismo, no apareció (Real Academia Española [RAE], 2014). Esto por supuesto no debería sorprender a nadie, pues es materialmente imposible que un solo diccionario recopile todas las palabras de un mundo hispanohablante que se extiende por más de veinte países y casi quinientos millones de hablantes. Ningún repertorio lexicográfico, por ambicioso que sea, agota la lengua; los diccionarios documentan, no legislan, y siempre van detrás del habla, aunque no siempre en tiempo real. Aun así, quise agotar las posibilidades ortográficas. Como para mí, hablante yeísta, como la inmensa mayoría de los hispanohablantes, ⟨y⟩ y ⟨ll⟩ no son más que dos grafemas de un mismo fonema /ʝ/, probé también con mollote, por si la palabra hubiera entrado al diccionario con la otra grafía. Mollote tampoco figura en el DRAE. Una doble ausencia que se entiende dada su baja frecuencia.

Donde sí encontré la palabra fue en el diccionario de la Academia Mexicana de la Lengua, que la registra como voz de origen náhuatl y la define como ‘escarabajo volador’ (Academia Mexicana de la Lengua [AML], 2010). El hallazgo confirma dos cosas. La primera, que moyote es un mexicanismo pleno, una de esas voces que solo la lexicografía nacional documenta y no lograron cruzar la frontera lingüística como sí lo hizo aguacate, coyote, tomate  y chocolate.  

La segunda, que su semántica no es uniforme: mientras la definición académica privilegia la acepción de ‘escarabajo volador’, documentada en el centro del país, en el norte de México moyote y más específicamente en el habla de la frontera Ciudad Juárez/El Paso, designa inequívocamente al mosquito. Esa doble vida semántica, como veremos, es parte de la historia de la palabra.

Este ensayo se propone trazar la biografía lingüística de moyote: su origen náhuatl, su adaptación fonológica y morfológica al español, su primera documentación en el siglo XVI, su viaje hacia el norte con la expansión colonial, su comportamiento en los corpus diacrónicos y sincrónicos, y su valor actual como marcador de identidad sociocultural norteña y fronteriza. 

El origen náhuatl

Para entender moyote hay que empezar por el náhuatl, la lengua indígena más hablada de México. El náhuatl, también llamado mexica por muchos de sus propios hablantes, y conocido también de modo más generalista como azteca, pertenece a la familia yutonahua (o yutoazteca), un tronco lingüístico que se extiende desde el oeste de Estados Unidos hasta Centroamérica (Launey, 1992). 

Según el Censo de Población y Vivienda 2020, el náhuatl cuenta con más de 1.6 millones de hablantes, lo que lo convierte, por mucho, en la lengua originaria con mayor número de hablantes del país (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2020). No se trata, sin embargo, de una lengua homogénea: los especialistas reconocen alrededor de una treintena de variantes, habladas principalmente en el altiplano central de México. La variante mejor documentada históricamente es el náhuatl clásico, la lengua franca del imperio mexica que los misioneros españoles del siglo XVI aprendieron, gramatizaron y alfabetizaron con caracteres latinos, produciendo una de las tradiciones filológicas más ricas del continente (Lockhart, 1992).

La importancia cultural y lingüística del náhuatl en México es difícil de exagerar. Fue lengua de imperio, lengua general de evangelización, lengua de una literatura prehispánica y colonial extraordinaria y es, sobre todo, el sustrato léxico más visible del español mexicano (Lope Blanch, 1969). Moyote pertenece a esa misma familia de préstamos, aunque, como veremos, su destino geográfico fue muy distinto al de sus parientes globalizados.

Morfología histórica: de moyotl a moyote

En náhuatl clásico, la palabra de la que deriva nuestro mexicanismo es moyōtl ‘mosquito’, pronunciada aproximadamente [mo’.jo.tl] (Karttunen, 1983). Morfológicamente, moyotl se descompone en dos elementos: la raíz nominal moyo- y el sufijo absolutivo -tl, la marca que en náhuatl reciben los sustantivos cuando no están poseídos ni incorporados. El sufijo absolutivo tiene tres alomorfos condicionados fonológicamente: -tl tras vocal (moyo-tl, coyo-tl), -tli tras consonante (oquich-tli ‘varón’) y -li tras /l/ (cal-li ‘casa’). La forma que nos ocupa toma el alomorfo -tl porque la raíz termina en vocal larga /o:/.

El paso de moyotl a moyote ilustra un proceso de adaptación fonológica perfectamente regular en los nahuatlismos del español. El segmento final del náhuatl, la africada lateral sorda /t/, no existe en el inventario fonológico del español, y menos aún en posición final de palabra, donde el español solo tolera un conjunto muy reducido de consonantes (/n, l, r, s, d/ y poco más). Ante ese doble conflicto, un segmento inexistente y una posición prohibida, los hablantes de español del siglo XVI aplicaron una estrategia sistemática: simplificaron la africada lateral en la oclusiva /t/ y añadieron una /e/ paragógica. El resultado es la terminación -te, que se repite en decenas de préstamos: coyotl > coyote, elotl > elote, ocelotl > ocelote, ahuacatl > aguacate, tzopilotl > zopilote, tecolotl > tecolote. La vocal larga /o:/ del náhuatl, por su parte, se acortó, pues el español carece de cantidad vocálica distintiva, y la aproximante palatal [j] se reinterpretó como el fonema /j/. El acento llano de moyote calca la acentuación penúltima regular del náhuatl.

Conviene subrayar que esta terminación -te se volvió tan reconocible que funciona, para el hablante mexicano, como un índice de “nahuatlidad” léxica: cualquier palabra terminada en -ote, -ate o -ete con referente de flora, fauna o cultura material despierta la sospecha razonable de un origen náhuatl. Moyote porta esa marca de fábrica.

El nacimiento del español mexicano y la primera documentación

La llegada de los españoles a México entre 1519 y 1521 no solo derrumbó un imperio, inauguró una de las situaciones de contacto lingüístico más intensas y mejor documentadas de la historia. Sobre las ruinas de México-Tenochtitlan nació la Ciudad de México y, con ella, el español mexicano: una variedad nueva, forjada por la nivelación de los dialectos peninsulares, mayormente australes, que traían los conquistadores y transformada desde el primer día por el contacto con el náhuatl, que le prestó fonética de sustrato, topónimos y, sobre todo, léxico (Moreno de Alba, 1988). El cambio lingüístico comenzó de inmediato y en ambas direcciones: el náhuatl tomó hispanismos, el español tomó nahuatlismos, y los intérpretes, los mestizos y los frailes bilingües fueron el puente.

Es precisamente en ese contexto misionero donde encontramos la primera documentación de nuestra palabra. Se cree que el primer uso en prosa documentado de moyote aparece en la Historia general de las cosas de la Nueva España, la obra monumental que fray Bernardino de Sahagún compiló con sus informantes y colegiales nahuas a lo largo del siglo XVI y cuya versión final quedó concluida hacia 1577 (Sahagún, 1979). En su inventario enciclopédico del mundo indígena, que dedica un libro entero a los animales, Sahagún registra la voz para nombrar al mosquito, con lo que la palabra ingresa a la documentación hispánica por la puerta grande, o sea, en la primera etnografía de América.

Los corpus académicos permiten seguirle la pista después de ese bautizo documental. En el Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE), que reúne siglos de diccionarios digitalizados, la palabra está más documentada en el siglo XX, cuando la lexicografía de mexicanismos la recoge de manera sistemática (RAE, s. f.-b). En cambio, en el Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES XXI) la cosecha es mínima: moyote registra una sola aparición, en un libro de un autor del norte de México (RAE, s. f.). Como era de esperarse, si la palabra vive hoy en el norte, es natural que su único rastro en el corpus contemporáneo lleve acento norteño. Esa distribución, abundancia lexicográfica en el XX, presencia literaria residual y geográficamente marcada en el XXI, es la radiografía de una palabra regional que está viva en el habla de una región, pero es más discreta en la letra impresa.

El viaje al norte: la Nueva Vizcaya

¿Cómo llegó una palabra del náhuatl del centro de México a convertirse en la voz cotidiana del desierto norteño? La respuesta está en la expansión colonial. Décadas después de la fundación de la Ciudad de México, el descubrimiento de las vetas de plata de Zacatecas en 1546 desató la marcha hacia el septentrión. Por el Camino Real de Tierra Adentro avanzaron soldados, mineros, arrieros, frailes y familias enteras, fundando a su paso reales de minas, presidios y misiones. En esa marcha destaca la figura de los vascos: fue Francisco de Ibarra, natural de Éibar, quien exploró y gobernó el vasto territorio al que llamó Nueva Vizcaya en honor a su tierra, fundando Durango, bautizada, a su vez, como la villa vizcaína homónima, hacia 1563. La toponimia norteña conserva hasta hoy esa impronta vasca, y la historia regional, la memoria y quizás todavía sangre de aquellos fundadores.

Pero los vascos no viajaban solos, y aquí está la clave lingüística del asunto. Las expediciones y las colonizaciones del norte incorporaron a miles de indígenas del centro: tlaxcaltecas, mexicas, otomíes y tarascos que iban como soldados aliados, cargadores, artesanos y, a partir de 1591, como colonos formales, cuando cuatrocientas familias tlaxcaltecas fueron enviadas a poblar el norte y fundar comunidades desde San Luis Potosí hasta Coahuila. El náhuatl viajó con ellos como lengua franca de la colonización, y el español que se hablaba en las caravanas ya venía cargado de nahuatlismos (Lockhart, 1992). Fuera en boca de los colonizadores hispanohablantes que ya decían coyote, mezquite y moyote, fuera en boca de los indígenas nahuas que acompañaban la expansión, la palabra subió por el Camino Real, se instaló en los reales de minas y en las villas del desierto, y ahí se consolidó y se quedó. El norte no tenía una lengua indígena mayoritaria sedentaria que compitiera léxicamente en el nuevo orden colonial, los pueblos norteños eran en gran parte cazadores-recolectores a los que la corona llamó genéricamente “chichimecas”, de modo que el vocabulario nahua que traía la colonización se fosilizó en el habla regional con una estabilidad notable. Moyote es, en ese sentido, una palabra fosilizada en ámbar que el centro abandonó a favor del mosquito y que el norte conservó a la par.

La palabra en los corpus: el auge de 1920

La lingüística de corpus permite ponerle números a esta historia. Una consulta en Google Books Ngram Viewer muestra que la frecuencia de moyote en los libros digitalizados en español marca su auge alrededor de 1920. El pico es demasiado nítido para ser casual, y aunque el corpus de Google tiene limitaciones conocidas (sesgos de digitalización, metadatos imperfectos, sobrerrepresentación de ciertos géneros), la fecha invita a formular hipótesis explicativas que, en conjunto, resultan verosímiles.

La primera es el indigenismo posrevolucionario. La Revolución mexicana produjo un giro ideológico que puso lo indígena en el centro del proyecto nacional. La antropología de Manuel Gamio, el muralismo, la política educativa vasconcelista. Ese clima intelectual multiplicó las publicaciones sobre lenguas y culturas originarias, y con ellas la circulación impresa de nahuatlismos que antes vivían solo en el habla. La segunda hipótesis es el auge de la lexicografía de los mexicanismos. Las primeras décadas del siglo XX son la época dorada de los diccionarios y vocabularios regionales, herederos de Ramos y Duarte y antecesores del monumental diccionario de Santamaría (1959), obras que registran, citan y vuelven a citar voces como moyote, inflando su frecuencia en el registro impreso. La tercera es literaria: la novela de la Revolución y el costumbrismo norteño llevaron a la página el habla del norte, sus soldados, sus desiertos, sus ranchos, y con ella su léxico; una narrativa que transcribe la oralidad norteña difícilmente podía esquivar al moyote. La cuarta hipótesis es sanitaria. Las campañas de salud pública de la época de la influenza española y de los años inmediatamente posteriores, con sus cruzadas contra los insectos transmisores de enfermedades, produjeron folletería, prensa e instrucciones oficiales donde los nombres populares de los insectos tenían valor comunicativo directo. Ninguna de estas explicaciones excluye a las demás; lo más probable es que el pico de 1920 sea la suma de todas: un momento en que México intentaba  mirarse en el espejo, hacía inventario de sus palabras y combatía a sus plagas.

“Mosquito” frente a “moyote”: la norma del centro

A pesar de ese auge documental, moyote nunca destronó a mosquito. La razón es demográfica y sociolingüística antes que lingüística. Mosquito, diminutivo lexicalizado de mosca, del latín musca, es la denominación patrimonial e internacional del insecto, la misma que, como préstamo del español, pasó a muchas otras lenguas del mundo, del inglés al alemán. En el centro de México, donde se concentra la mayor parte de los hablantes del país y donde irradian la norma culta, la administración, la educación y los medios de comunicación nacionales, mosquito (junto con zancudo en amplias zonas) es y ha sido la forma estándar. La capital dicta la norma por el peso bruto de sus hablantes y de sus instituciones, y frente a esa maquinaria normativa una voz regional no compite, sino que coexiste.

El resultado es una distribución dialectal clásica: una forma estándar de cobertura nacional (mosquito), una forma regional de gran vitalidad en su territorio (moyote en el norte) y una relación diglósica suave entre ambas, en la que el hablante norteño maneja las dos y las distribuye según el registro. En un artículo científico o en un noticiero dirá mosquito; en el patio de su casa, en el rancho o en la carne asada dirá moyote. Esa alternancia no es inseguridad lingüística, sino competencia sociolingüística plena.

Breve análisis lingüístico 

Recapitulemos ahora la palabra desde cada uno de los niveles de la lingüística teórica, porque moyote da lecciones en todos.

Fonética y fonología. Fonémicamente, /moˈʝote/: cinco fonemas segmentales organizados en tres sílabas abiertas CV, con acento en la penúltima, el patrón acentual no marcado del español. Fonéticamente, [moˈʝot̪e], con [ʝ] fricativa palatal intervocálica y [t̪] dentalizada. La palabra es un ejemplar perfecto de la fonotaxis preferida del español: pura sílaba abierta, sin grupos consonánticos, sin codas. Diacrónicamente, ya lo vimos, su forma actual es el residuo de una negociación fonológica entre dos sistemas: la pérdida de /t͡ɬ/ y de la cantidad vocálica del náhuatl, y la paragoge de /e/ impuesta por la fonotaxis castellana. Para hablantes yeístas, la palabra ilustra la fusión de /ʎ/ y /ʝ/. 

Morfología. Sincrónicamente, moyote es un sustantivo común, concreto, contable, animado, de género masculino (el moyote, los moyotes), con plural regular en /-s/. Su estructura interna para el hablante actual es monomorfémica: la frontera entre la raíz nahua moyō- y el viejo sufijo absolutivo se ha vuelto invisible, y -te no es segmentable productivamente en español. Sin embargo, la palabra participa con normalidad en la morfología derivativa y apreciativa del español: moyotito o moyotillo (diminutivo afectivo, posible en el habla con niños), moyotote o moyotón (aumentativo, con la curiosa cacofonía de la terminación), moyotero (‘lugar lleno de moyotes’ o ‘red de metal que cubre puertas y ventanas’). Esa integración derivativa es la prueba definitiva de que el préstamo está completamente nativizado.

Sintaxis. Como sustantivo contable, moyote proyecta sintagmas nominales con todos los determinantes del español (un moyote, los moyotes, tanto moyote), funciona como sujeto (“me picó un moyote”), objeto directo (“maté un moyote”) o término de preposición (“lleno de moyotes”), y admite el singular genérico de masa tan característico del español mexicano coloquial: “hay mucho moyote”, donde el contable se recategoriza como incontable para expresar abundancia. 

Semántica. Aquí está la capa más interesante. La denotación de moyote varía regionalmente. En el norte de México designa inequívocamente al mosquito. En el centro, como puede ser completamente desconocida, la acepción registrada por la Academia Mexicana de la Lengua, ‘escarabajo volador’, documenta un uso del centro del país donde la voz se aplica a insectos más grandes que también denominan mayates (AML, 2010). Es decir: la palabra sufrió, en alguna de sus rutas, un desplazamiento referencial de ‘mosquito’ (el valor etimológico de moyotl) a ‘escarabajo’, probablemente por la vía de una generalización (‘insecto volador nocturno molesto’) seguida de una reespecialización distinta en cada región. El norte conservó el significado etimológico; el centro lo desplazó. En términos estructurales, moyote participa en un campo semántico, o sea, el de los insectos voladores, donde contrae relaciones de sinonimia dialectal (mosquito, zancudo), hiponimia (es hipónimo de insecto y de bicho) y meronimia contextual (el zumbido, el piquete, la roncha son sus asociados léxicos inseparables). Connotativamente, la palabra carga valores afectivos que mosquito no tiene: evoca lo doméstico, lo veraniego, lo norteño.

Pragmática. El uso de moyote comunica más que su denotación. Elegir moyote en lugar de mosquito es un acto de posicionamiento: señala informalidad de registro, cercanía con el interlocutor y, sobre todo, pertenencia regional. En la conversación entre norteños funciona como guiño de complicidad; dicho ante un capitalino, funciona como bandera. La palabra participa además en actos de habla expresivos altamente convencionalizados, por ejemplo la queja veraniega (“¡a este pinche moyote!”) y en la hipérbole cariñosa del desierto, donde al parecer el tamaño de los moyotes locales es materia de orgullo humorístico regional.

Sociolingüística. Todo lo anterior converge aquí. Moyote es hoy, ante todo, un marcador de identidad. Su isoglosa dibuja el norte de México (i.e. Chihuahua, Coahuila, Sonora, y zonas aledañas) y su uso indexa la categoría social “norteño” y “fronterizo” con la misma eficacia que la aspiración de /s/ indexa lo costeño. Es un caso de prestigio encubierto: la forma no goza del prestigio abierto de la norma nacional (ni de su conocimiento), pero dentro de la comunidad vale más que la estándar, porque significa pertenencia. La paradoja histórica me parece genial porque una palabra del náhuatl, la lengua del altiplano central, se ha convertido en emblema léxico de la región más alejada, geográfica y culturalmente, del mundo azteca. Moyote es una palabra de origen náhuatl que viajó al norte, se quedó en el norte y hoy es, a pesar de su etimología, una palabra profundamente norteña.

Conclusión

La biografía de moyote condensa cinco siglos de historia de la lengua en tres sílabas. Nació moyotl en el náhuatl del centro de México; cruzó al español en el laboratorio de contacto del siglo XVI y quedó registrada por Sahagún en la primera gran enciclopedia del Nuevo Mundo; subió al norte por el Camino Real de Tierra Adentro en las caravanas de la Nueva Vizcaya, en boca de colonizadores e indígenas aliados; floreció en la letra impresa del México posrevolucionario que hacía inventario de sí mismo; cedió el escenario nacional a mosquito, la forma del centro; y se replegó al territorio donde había echado raíces, para convertirse ahí en contraseña de identidad. Cada etapa de ese viaje dejó una huella analizable: la adaptación de /t͡l/ a  /te/ es fonología; la invisibilidad actual del sufijo absolutivo es morfología; el desdoblamiento entre ‘mosquito’ y ‘escarabajo volador’ es semántica; la alternancia con mosquito según el registro es pragmática; la isoglosa norteña es dialectología; el orgullo con que se pronuncia es sociolingüística pura.

Pero no todas las palabras viven en los diccionarios y a veces solo quedan en la memoria. Para mí, moyote es una palabra que huele a tierra mojada y noches calurosas tirado en el pasto. La asocio con los escasos días lluviosos del desierto, cuando el agua despertaba de golpe a todos los insectos dormidos; con los tardes calurosas de mi infancia y adolescencia; con las noches cálidas en el parque, manoteando al aire entre risas, con el zumbido en la oreja como banda sonora de la temporada. Ningún diccionario, ni el que la omite ni el que la registra, puede capturar eso. Y quizá esa sea la lección con la que me quedo, que el significado pleno de una palabra no está en su definición sino en su comunidad, en los recuerdos de aquellos que las  pronunciamos y en las memorias que emana. Moyote no necesita estar en el DRAE o en el DEM para existir; le basta con seguir zumbando, cada julio, en las noches del verano del norte.


Referencias

Academia Mexicana de la Lengua. (2010). Diccionario de mexicanismos. Siglo XXI Editores.

Google. (s. f.). Google Books Ngram Viewer [Corpus en línea]. https://books.google.com/ngrams

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2020). Censo de Población y Vivienda 2020. https://www.inegi.org.mx

Karttunen, F. (1983). An analytical dictionary of Nahuatl. University of Texas Press.

Launey, M. (1992). Introducción a la lengua y a la literatura náhuatl. Universidad Nacional Autónoma de México.

Lockhart, J. (1992). The Nahuas after the conquest: A social and cultural history of the Indians of central Mexico, sixteenth through eighteenth centuries. Stanford University Press.

Lope Blanch, J. M. (1969). El léxico indígena en el español de México. El Colegio de México.

Moreno de Alba, J. G. (1988). El español en América. Fondo de Cultura Económica.

Real Academia Española. (2014). Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). https://dle.rae.es

Real Academia Española. (s. f.-a). Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES XXI) [Corpus en línea]. https://www.rae.es

Real Academia Española. (s. f.-b). Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE) [Base de datos]. https://ntlle.rae.es

Sahagún, B. de. (1979). Historia general de las cosas de Nueva España (A. M. Garibay, Ed.). Porrúa. (Obra original concluida ca. 1577)

Santamaría, F. J. (1959). Diccionario de mejicanismos. Porrúa.

6 mar 2024

Lost in Pronunciation: El Paso's Commonly Mispronounced Words


I came across a Reddit post not long ago that asked about commonly mispronounced English words in El Paso. It instantly dawned on me how some of my relatives had a little mix-up with 'Dr.' in addresses like 'Festival Dr.,' assuming it stood for 'doctor' instead of 'drive,' and they would confidently say they lived on 'Festival Doctor' when prompted for their address. Or there's also that amusing story from a friend who worked as a court interpreter back when we were in grad school. He once shared an incident where a lady was seeking 'chazapó,' and it took him a long moment to realize she meant 'child support.' 

17 abr 2023

Palabras y expresiones del estado de Chihuahua


A modo de entretenimiento he dedicado mi tiempo libre a compilar un glosario de palabras y expresiones coloquiales del estado de Chihuahua, México. Esta lista incluye vocabulario coloquial de diferentes partes del estado como Cd. Juárez, Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, Delicias, Parral y Balleza. 
Aunque algunas de estas palabras quizás sean utilizadas en otras regiones de México o incluso en otros países de habla hispana donde se les da un significado diferente, mi objetivo principal es describir y preservar el uso de estas voces en la región norte/noroeste de México. Agradezco sus comentarios para continuar aumento este corpus.

13 abr 2023

Explorando las lenguas aisladas de México

México es un país rico en diversidad cultural y lingüística, con una historia fascinante de lenguas indígenas que han existido por siglos antes de la invasión y conquista de las Américas. Entre las muchas lenguas indígenas que se hablan en México, hay un grupo especial de lenguas conocidas como "lenguas aisladas", que se caracterizan por no tener parentesco claro con ninguna otra lengua conocida en el mundo. Estas lenguas únicas y misteriosas han atraído la atención de lingüistas y antropólogos por su singularidad y por las fascinantes historias que cuentan sobre la diversidad lingüística y cultural de México. 

Las lenguas aisladas son lenguas que no se pueden clasificar en ninguna familia lingüística conocida, lo que significa que no tienen parentesco claro con otras lenguas de la región. Son lenguas únicas y distintivas que han evolucionado de forma aislada en regiones específicas de México a lo largo de muchos años. Estas lenguas aisladas son un testimonio del rico patrimonio lingüístico y cultural de México y ofrecen una ventana fascinante a la diversidad lingüística del país. 

15 nov 2017

¿Cómo se escuchaban algunas lenguas antiguas?

Aquí les dejo una recopilación de cómo sonaban los predecesores de algunas lenguas modernas y de algunas otras que ya no se hablan más. 




30 may 2017

La /sh/ de Chihuahua





Una de las características principales del español hablado en el estado mexicano de Chihuahua es la pronunciación del fonema /ʧ/ () como [ʃ] (). Esta investigación analiza los factores sociales y lingüísticos que influencian dicha variación en la comunidad fronteriza de Ciudad Juárez. 

26 may 2017

La edad de las palabras

Cada año se suman nuevas palabras al léxico del español, mientras que otras caen en desuso y con el tiempo quedan en el olvido hasta el punto que las nuevas generaciones de hablantes no tienen idea de lo que significan.