a {text-decoration: none; } En la punta de la lengua: México marrón: El tabú de nuestro racismo invisible

18 nov. 2014

México marrón: El tabú de nuestro racismo invisible


"Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su lengua, su origen o su religión". -Nelson Mandela












 

De acuerdo con la teoría de la relatividad lingüística, a lo largo de nuestro desarrollo sociocultural como miembros de una comunidad, adquirimos además de nuestra lengua, una forma única de ver la vida a través de ella (Sapir, 1983, p.10). Es así que en base a nuestro adoctrinamiento social, compuesto por varias instituciones como la familia, la escuela, los medios de comunicación y la religión, entre muchas otras. 
Construimos un amplio repertorio de valores sociocognitivos y etiquetas lingüísticas que reflejan la historia, las creencias y la configuración de nuestra sociedad e identidad; esta última entendida en palabras de Ting-Toomey como  la auto-percepción o autoimagen que tenemos de nosotros mismos, derivada de nuestro proceso individual de socialización (citado en Samovar, Porter & McDaniel, 2009). Dichas convenciones se encargan de dotar a la población con un conjunto de posturas regularmente homogéneas y arraigadas, sobre  la ética, la moral y la estereotipación de los individuos, en relación con el estrato social que estos ocupan dentro la comunidad. Hecho que desde hace más de un siglo ha fungido como un importante detonador para el interminable conflicto, descrito por Marx (1850) en su teoría de La lucha de clases, como consecuencia de la discriminación, la diferencia de intereses, el racismo, el clasismo y demás problemáticas sociales que hasta nuestros días siguen mermando el desarrollo social no solo de México, sino del planeta entero.
Son muchas las formas en las que estas convenciones culturales han contribuido a la depreciación de un ser humano ante otro en base a características físicas, culturales y lingüísticas. Como una muestra a grandes rasgos, bastaría tomar un libro de historia para comprender las graves consecuencias que ha tenido en occidente desde hace ya varios siglos la falacia de la supremacía de un grupo étnico sobre otro en base a su trasfondo físico, histórico o religioso. Desde la expansión del Imperio Romano, las Guerras Indias en Estados Unidos, la Conquista y colonización de la Nueva España. Hasta ejemplos más recientes de genocidio como el Holocausto, la Masacre de Srebrenica o el Kux Klux Klan, que surgen como consecuencia de la intensificación e interpenetración entre grupos humanos geográficamente diversos a través de las grandes migraciones (Sagrera,1998, p.30). Dejando en claro con esto la inminente xenofobia, el omnipresente etnocentrismo y la ya conocida intolerancia del ser humano que  obstaculiza la interacción con todo aquello diferente o desconocido. No obstante, hay que notar que tal vez debido al actual proceso de globalización, se tiende a ver equivocadamente al fenómeno del racismo como un problema de antaño, que las sociedades modernas ya superaron en su totalidad. Puede que haya razón si nos detenemos a observar que actualmente las manifestaciones bélicas en torno al racismo per se han disminuido estadísticamente en comparación a décadas pasadas; sin embargo esto no significa que esta ideología haya dejado de ser un tabú cultural de las sociedades modernas. Más bien ha evolucionado en una nueva forma de racismo segregativo, que aunque pueda parecer inofensivo al no manifestarse mediante el fuego o a través de legislaciones como alguna vez se llegó hacer, se materializa diluidamente a través de acciones tan cotidianas como el discurso del día a día.
Aunque la gama de ideologías relativas al racismo y a la segmentación de clases sigue presente en todo el planeta, el caso de los estados americanos del tercer mundo como les denominara Sauvy (1952) representan un caso de estudio interesante debido a su opresivo pasado y a la totalmente desequilibrada distribución del poder político, económico y ciudadano perpetuado hasta hoy. Han pasado más de dos siglos desde que Haití se convirtiera en el primer estado independiente de América Latina y comenzara el proceso de descolonización en la porción ibérica del continente (Grau, 2009). No obstante y a pesar de la supuesta soberanía popular con la que todas las naciones a excepción de Cuba han contado desde hace alrededor de doscientos años, la monolítica supremacía cultural, lingüística y racial de la Angloesfera y la Unión Europea, es decir el primer mundo, siguen ejerciendo una increíble influencia en la configuración del tejido social de los países latinoamericanos que contribuye a la desunificación y extrema estratificación, en pro de lo que más se asemeje a lo extranjero y menos se parezca a lo autóctono. Cabe mencionar que las consecuencias de esto no se quedan solamente en el plano superficial de la cultura como la moda o la música, sino que se traduce en problemáticas más severas como el rezago educativo para una mayoría y por consiguiente económico, social e intelectual de la población entera. Ahora bien, haciendo una comparación entre las diversas sociedades latinoamericanas, nos encontramos con que el panorama en materia de racismo es variante dependiendo de la región del continente. Por una parte tenemos el caso de Bolivia donde de acuerdo con Gotkowitz (2011) el racismo se ha vuelto altamente visible en la esfera pública ante el desacuerdo de ciertos sectores de la población después del ascenso de  Evo Morales a la presidencia del país, por ser un candidato de izquierda electo por una mayoría indígena. Mientras que por otra, un interesante estudio llevado a cabo en Brasil por Dahia (2008) revela cómo las manifestaciones de racismo explícito son cada vez más raras, mientras que el fenómeno de la “risa racista” o los tintes humorísticos en torno a esta cuestión, juegan el papel de mediador entre las leyes que sancionan el discurso zafio y el tabú que predispone la existencia de un racismo reprimido entre los miembros de la sociedad. Por la misma línea, el color de piel en relación a la clase social sigue jugando un papel importante hasta nuestros días, como lo demuestra un estudio que sostiene que los brasileños de piel más oscura cuentan con un ingreso, nivel educativo y estatus ocupacional inferior, en comparación con aquello de piel más clara (Telles, 2004).
Hablando ahora concretamente de México, resulta fácil suponer que la situación no es tan diferente en comparación con el resto de los países latinoamericanos en donde el color de piel suele estar ampliamente relacionado con el estatus social y un muy bien delimitado marco de aspiraciones en perjuicio de una mayoría mestiza e indígena que es segregada del desarrollo económico, la participación política y las oportunidades de educación (Leff, 2002, p.619). No obstante, existen dos diferencias importantes que sitúan al caso de México a parte del resto: primero, la cercanía con los Estados Unidos que repercute directamente en la configuración sociocultural de un país que se debate entre su pasado español, su aspiración estadounidense y su realidad mestiza. Segundo, el ser el país con el mayor número de habitantes de América Latina y por ende también de una población indígena sociolingüísticamente segregada que según Roldán (2001) representa el 14% de la población total, lo cual resulta alarmante al contrastarse con los datos del INEGI (2010) que muestran una reducción de exactamente la mitad en cuestión de tan solo nueve años. Ese siete por ciento restante resulta altamente significativo al tomar en cuenta el gran número de personas que son excluidas de oportunidades de desarrollo laboral, educativo y personal, en razón de su lengua, sus costumbres y sus rasgos físicos que los posicionan por defecto en el fondo de la pirámide social, en la cual el nivel más alto es ocupado por una minoría, si no extranjera, al menos sí criolla o con una ascendencia europea más trazable que la del resto de la población. Que
conforma a su vez una minúscula élite todopoderosa, cuyos intereses consisten en exprimir el potencial humano del país para su solo beneficio, mientras continúan obstruyendo cínica y deliberadamente la posibilidad de que México pueda dejar de ser alguna vez un país sedado basado en banalidades, que en palabras
de  González Roaro (2012) es definido de la siguiente manera:

México es inmensamente rico y profundamente pobre. Severas diferencias socioeconómicas afectan a su población. Millones de personas son analfabetas funcionales, el acceso a la educación y a la cultura, es aún limitado, aún subsisten problemas de discriminación sexual y racial, una arraigada desconfianza hacia las instituciones gubernamentales, ligada a corrupción y mal manejo de recursos económicos [...] no debemos tener miedo a reconocer que somos, en muchos aspectos, una sociedad clasista y esta conducta se expresa de un grupo social a otro. Orgullosos de nuestro nacionalismo, hay quienes tienen conductas racistas con nuestros propios coterráneos, un racismo que también alimenta el clasismo y viceversa. (p.24)

Es así que a pesar de la existencia de un sistema legal que ratifica, al menos en teoría, la igualdad entre  todos los mexicanos, la situación social está todavía muy lejos de alcanzar ese objetivo. Entre los muchos problemas sociales de México, el racismo mexicano es peculiar, puesto que esta condición sigue siendo considerada como un tema tabú a pesar de que todos somos participes conscientes o inconscientes en su perpetuación. Como en muchos otros aspectos, en México, se prefiere ignorar cuestiones como esta aunque se trate de una forma retrograda de pensar que está muy cerca de alcanzar una mayoría como lo muestra La  Encuesta Nacional Sobre Discriminación en México, la cual apunta a que la intolerancia en el país incluye a más de un cuarenta por ciento de la población que estaría dispuesta a organizarse para evitar que se establezca un grupo étnico cerca de su residencia. (CONAPRED, 2011). Igualmente, otra característica importante que hace que el racismo en México sea distintivo, es que paradójicamente no está dirigido hacia los extranjeros o a los individuos desconocidos del exterior que otras sociedades podrían considerar  como un riesgo al ser diferentes a la mayoría; sino a los propios mexicanos (Guitté & Greathouse Amador, 2005) mientras que el blanco y el extranjero son vistos como individuos superiores, lo cual habla de la paupérrima imagen que le mexicano
tiene de sí mismo y del complejo problema de autosuficiencia por el que la nación atraviesa.
Lamentablemente, hasta el día de hoy México no ha  dejado de ser aquella colectividad que hace quinientos años cambiaba oro por espejos. Una colectividad con una representación distorsionada de la realidad que se esfuerza en quererse pintar de blanco mientras intenta esconder a toda costa su origen indígena. Un país con una actitud malinchista, definida en palabras de la RAE  como la de ideología de aquellos quienes muestran apego a lo extranjero con menosprecio a
lo propio y en palabras de Paz  como el grupo partidarios de que México se abra al exterior, contagiados por la tendencia a extranjerizarse (2004). Un país que ha
sido aplastado una y otra vez por un gobierno turbulento que ha hecho una labor impresionante para mantener a la población sedada a través de un monopolio mediático, que transmite verdades a medias y se enorgullece en demostrar día tras día a través de las pantallas, la inferioridad del indio y la superioridad del blanco. Un país que aunque mantiene la paz con otras naciones, tiene problemas internos graves de los que aparentemente nadie quiere discutir ni honesta ni objetivamente, porque se les ha 

enseñado a callar, aguantar y ponerse a trabajar en lugar de andar de revoltosos.


Creo entonces que no es una falacia manifestar que hoy, a mediados de la segunda década del siglo veintiuno, sigue existiendo en México una variada gama de problemáticas sociales que giran en torno a una ideología racista, clasista y malinchista que se encuentra fielmente arraigada a la percepción social del mexicano. Estas ideologías entretejidas proporciona  a su vez una guía para  la clasificación de los ciudadanos dentro de la jerarquía social en base a sus características físicas y culturales. En otras palabras, en México, el color de piel y el trasfondo étnico de un individuo, son factores importantes para medir el ascenso y posicionamiento
social; evidentemente a favor del extranjero o el mexicanos con ascendencia claramente europea y en perjuicio de la población indígena y mestiza.
No resulta difícil apreciar las numerosas esferas en las que  la supremacía
extranjera sigue estando presente como sinónimo de lo evolucionado, lo culto y lo estético. Ya sea como actitudes dentro del mercado laboral, a través de
representaciones mediáticas y mercadológicas falsas de un México mayormente blanco, o en la clase política que cada vez se parece salirse más del televisor para ocupar puestos de gobierno, cuya función primordial es proyectar una imagen alejada de la realidad nacional, en lugar de desempeñar  su labor correspondiente cuyo objetivo debiera ser velar por el bienestar y desarrollo de la sociedad, en la más amplio sentido de la palabra. Por estas razones, no es de extrañarse que la sociedad mexicana tienda a idealizar lo extranjero, construyendo así
una  estigmatización intrínseca hacia la cultura y el potencial del país, provocando grandes migraciones en busca de otra realidad, creando una dependencia del exterior y por ende un estancamiento social que repercute negativamente para el desarrollo político, educativo y económico del pueblo.
No obstante, el papel que juega el lenguaje en la perpetuación de la desigualdad racial y cultural  suele pasar desapercibido. Existen varias manifestaciones léxicas que forman parte del lenguaje cotidiano, tales como negrear, indio, nopal etc. que connotan actitudes racistas. De igual forma existen otras voces con connotaciones abstractas, pero mayormente clasistas tales como varil, naco, fresa, pipirisnais, etc. Entonces, es precisamente el objetivo de esta investigación profundizar específicamente en la compleja dicotomía de fresa/naco, la cual suele representar un problema para  traductores, estudiantes del español como lengua extranjera, e incluso hablantes nativos en la negociación de significado, al tratarse de  un binomio semántico abstracto y plurivalente.
No hay mejor justificación para hablar de este tema, que el solo hecho de expresar que ideologías tan evidentes y taciturnas como estas son entre varias otras, las culpables del declive nacional. Si bien, tabúes existen en todas y cada una de las culturas del mundo, afortunadamente ha habido algunos que  han sido superados conforme la humanidad se ha desarrollado, pero también es cierto que hay otros que gozan de muy buena salud y hará falta una permutación colectiva para derrotar. Con este texto no planeo tratar un tema que en México suele ser pasado por alto, solamente por el hecho de encontrarlo innovador o polémico; sino más bien todo lo contrario. Actualmente, formamos parte de una sociedad global que se encuentra casi totalmente interconectada gracias a los avances de la tecnología que a su vez están contribuyendo a la creación de una nube de ideas y convenciones que gradualmente irán formando un objetivo global común para los próximas generaciones. El racismo en cambio es una fenómeno tan arcaico como las interpretaciones xenófobas de la Biblia surgidas en la Edad Media (Honoré, 2000). Sin embargo, son a mi parecer estas ideologías retrógradas que no han logrado ser superadas en siglos, las que no han permitido que la humanidad deje de estar dividida en castas o “mundos” donde la calidad de vida de una persona sigue estando ampliamente relacionada con el color de piel que tenga y el precio de la cuna donde aleatoriamente le tocó nacer. Creo entonces que lo importante aquí es darnos cuenta que el evadir un problema no significa que no exista. En los últimos años se ha vuelto evidente que cada vez grupos humanos alrededor del planeta han comenzado a manifestar su descontento en contra de sus gobiernos y configuraciones sociales, puesto que pretender que todo está bien cuando no es verdad, suele tener un límite que termina con la guerra. El caso de México es el mismo. Por más de cuatro siglos se ha visto a la población indígena como ciudadanos de segunda mano cuya única función es llevar a cabo el trabajo pesado sin que esto les asegure un mejor desarrollo de ningún tipo. Estas prácticas de antaño siguen siendo perpetuadas por la población “no indígena” que suele materializarlas a través de numerosas actitudes de la vida cotidiana, incluida entre estas el lenguaje. Es de esta forma que como tesis y recuento de mis años universitarios, considero pertinente tratar un tema en mi experiencia altamente palpable que a pesar que debiera ocupar un lugar de alta prioridad en la agenda sociopolítica del país, continúa enterrado en la penumbra. Esto claro, no por azares del destino, sino con la finalidad de mantener el estatus quo a favor de unos cuantos y en perjuicio de una mayoría segregada a la que se le priva de poder tener una visión más amplia al respecto. Mientras que lamentablemente ni al pueblo ni mucho menos al gobierno les importa que pasemos otros doscientos años viviendo colonizados.

Las raíces del racismo
De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española, el racismo se define como una ideología antropológica o política,  basada en un sentimiento de desigualdad entre grupos étnicos, que en ocasiones ha motivado la persecución de estos al ser considerados como inferiores por su color de piel, religión o nacionalidad. En la cultura popular contemporánea esta misma definición se ha mantenido fuerte gracias a muchos factores tales como la memoria colectiva, la religión, la literatura, y los medios de comunicación que se han dado a la tarea de demostrar a través de cientos de representaciones distintas, el impresionante grado de insensibilización que ha alcanzado el ser humano a lo largo de los últimos siglos.Con el fin de concientizar y evitar una nuevas manifestaciones de semejante magnitud. De esta forma, el racismo y los otros satélites ideológicos
que orbitan en torno a él, han supuestamente pasado a ser parte de una antología del pasado colectivo de la humanidad, que según muchos, nada tiene que ver con nuestra realidad presente. No obstante, la degradación de una persona ante otra por motivos de religión, nacionalidad o trasfondo étnico-cultural, que además se encuentra claramente relacionada al estatus social y el poder adquisitivo, continua a ser un suceso tangente que aunque se manifiesta de manera hipócrita, indirecta e inclusive inconsciente, no ha dejado realmente de existir en la concepción de cuantiosas sociedades a lo largo y ancho del planeta.
Se conoce parte de la historia y se tiene la certeza de que el racismo ha sido un elemento importante que ha contribuido a la fragmentación y deterioro de la sociedad global, pero muy poco se ha dicho acerca de los orígenes o raíces que se encargaron de establecer que hay seres humanos más valiosos que otros, no

por sus obras ni formas de ver la vida, sino por su color piel y su trasfondo cultural. En un interesante estudio comparativo de la literatura griega y la romana, Isaac (2004) menciona cómo desde la antigüedad cuando estos imperios se
encontraban en su apogeo, una forma de proto-racismo era ya latente. Evidentemente, al tratarse de una civilización que existió siglos antes de nuestra era, no se puede hablar de verdades absolutas, sino solamente de interpretaciones fundamentadas en la evidencia. Sin embargo, este análisis comparativo sugiere que ciertos textos de la literatura griega manifestaban actitudes xenófobas hacia los foráneos, no en términos de color de piel, sino cultural y sociolingüísticamente hablando, como lo podría demostrar la voz βάρβαρος, cuya adaptación al español sigue vigente hasta nuestros días como “bárbaro” o “el que balbucea”. Esto según el autor, la postura de los griegos hacia el extranjero contrasta con el Imperio Romano que logró alcanzar un alto nivel de desarrollo, debido en parte a su idiosincrasia multiétnica que permitía la asimilación relativamente igualitaria de grupos extranjeros dentro de la esfera social romana.
Siglos después, a partir de la expansión del cristianismo y el posicionamiento de la iglesia como figura máxima de poder, el color de piel como una característica de valor humano, comenzó a tomar fuerza. La teoría religiosa explica como una temprana distorsión en la interpretación de La Biblia, más específicamente en el libro del Génesis 9:18-29, desató la creencia que la humanidad estaba dividida en tres razas humanas, las cuales surgieron presuntamente de la  descendencia de cada uno de los tres hijos de Noé: Sem, Jafet y Cam. Del primero de estos, descendieron los árabes y los judíos. Del segundo los blancos y del último los negros. Según la leyenda,  Noé condenó a Canaán, hijo de Cam, diciendo “maldito sea Canaán, siervo de siervos será a sus hermanos” (Honoré, 2000). Lo que por supuesto se convirtió en la excusa perfecta para someter a la población africana y árabe al servicio de la europea, adjudicandole como se volvió costumbre, la responsabilidad de acciones despiadadas a la palabra divina. Fue así que las expediciones en territorio africano, trajeron consigo riquezas materiales pero

también una fuente prácticamente gratuita e inagotable de mano de obra que dio comienzo a una larga era de abuso en perjuicio de la población africana y también de otros grupos humanos que fueron siendo sometidos.
Para el siglo XIII, las sociedades de Europa habían alcanzado un grado altísimo de xenofobia e intolerancia que menoscababa a  todo aquel que no cumpliera con los requisitos biológicos, sociales y culturales decretados por la iglesia. Muestra de esto fue lo ocurrido en 1218 con los judíos en Inglaterra quienes fueron forzados por ley a portar insignias sobre sus pechos para poder distinguirlos y apartarlos del resto de la población. Es hecho representa representa el primer ejemplo histórico de la ejecución de las órdenes de la iglesia, por una nación entera. Asimismo, durante esta época diversos tratados científicos, médicos y teológicos argumentaban que los cuerpos de los judíos eran diferentes en esencia, del resto de los europeos occidentales, por supuesto blancos y cristianos (Heng, 2011).
Con el incomparable hito del “descubrimiento” del Nuevo Mundo durante los siglos XVI y XVII, la expansión de los reinos de Europa se tornaba irreversible. Los indígenas que sobrevivieron a las grandes olas de exterminio fueron esclavizados juntos con los esclavos traídos de África, pasando a convertirse en el arquetipo del discriminado y socioeconómicamente marginado por los siglos venideros. El racismo europeo comenzaba a alcanzar límites impresionantes que impusieron gradualmente la supremacía blanca y volvieron con la  división de clases y castas un fenómeno que fragmentaría a las sociedades novohispanas aún mucho tiempo después de que se convirtiesen en naciones deslindadas de España.
Siguiendo con esta condensada línea del tiempo; en el siglo XVIII durante la Ilustración y a través de aportaciones pseudo-científicas de la biología, la medicina y tratados de craneología, se llegó a la conveniente conclusión que el europeo occidental, era superior en todo sentido al resto de los grupos humanos, al contar con un cráneo de mayor volúmen en comparación por ejemplo con el indio o
el africano que llegaron a ser considerados como un eslabón perdido entre el

hombre y el simio (Mendoza Olivares, p.2). Un siglo después, el Darwinismo Social, también contribuyó a la idea que al igual que en los grupos animales, la humanidad estaba compuesta por razas, en las que una se encontraba fisiológicamente más avanzada y desarrollada que el resto.Tal como según algunas interpretaciones, él mismo lo menciona en su obra El Orígen del Hombre, al llamar a los aborígenes americanos “salvajes” y expresar una postura que establece una supuesta “raza favorecida” (Crawley, 2009).
Finalmente durante el siglo XX, la bomba de tiempo explotó con la que bien podría ser la tragedia más grande de nuestra época. Tal magnitud tuvo este evento, que hoy en día ya nadie es extraño a la escalofriante historia de un austriaco llamado Adolf Hitler, quien no hace tantos años, logró manipular a una nación completa para convencerlos de la necesidad de conformar una sociedad “pura” donde los enemigos del sistema, es decir judíos y marxistas (Shirer, 2005), no tuvieran cabida; causando un genocidio sin precedentes y una mancha irremovible en la psiquis del mundo entero que terminó por desatar la segunda y última Guerra Mundial.
Si bien, los ejemplos anteriormente presentados son solamente piezas clave en el complejo origen de la intolerancia humana; la invasión europea en el Nuevo Mundo de igual forma representa un hito histórico sumamente importante para esta investigación que será tratado en la siguientes secciones, con la finalidad de
brindar un panorama más amplio y particular del trasfondo histórico del racismo en las colonias americanas, especialmente en la Nueva España.
Las sociedades precolombinas y su conquista.
La historia pinta un panorama de tres grandes grupos humanos salvajes y politeístas, enterrados en lo más profundo de un territorio desconectado en su totalidad del resto del mundo. Con un organización sociopolítica diversa e incompatible, que para bien de muchos y mal de otros tantos, fue víctima de una

fiera violación que dañó irreparablemente los fundamentos sobre los que por
siglos se había edificado.  Sin embargo, de acuerdo a algunos autores la situación, al menos en el área conocida como Mesoamérica, era más compleja; siendo lo
que paradójicamente hizo que la eventual conquista fuera más sencilla.
Las sociedades precolombinas, no eran más homogéneas ni más unidas de lo que lo son hoy las naciones latinoamericanas. La diversidad de los núcleos indígenas y las rivalidades que los desgarraban, indica que Mesoamérica estaba constituida
por un conjunto de pueblos, naciones y culturas autónomas, con tradiciones propias (Paz, 2010, p.99). Los españoles llegaron es un momento sumamente oportuno, ya que la fragmentación social, aunada a las incesantes luchas entre las diferentes sociedades, provocaron que estos grupos autóctonos tuvieran una débil defensa para enfrentarse a nuevos enemigos. Los conquistadores se apoderaron con suma facilidad de los imperios Aztecas, los Chibchas,y los Quichuas, donde reinaba ya la civilización, y no tuvieron que luchar con grande energía sino en los valles ardientes donde las tribus bárbaras, no teniendo más hábito que el de la guerra, se defendieron con desesperación y se mostraron terribles(Samper citado en Sagrera, 1998, p.45).  Esto en parte, porque en las tres grandes civilizaciones existentes en el momento de la conquista española había, en efecto, un mito central que señalaba como superiores y dignos de mando a los hombres de raza más blanca, como si aquella invasión no pudiera tratarse de otra cosa que no
fuera el esperado regreso de Quetzalctoal ( Sagrera, 1998, p.50). Razón por la cual tal vez acertadamente se diga en vox populi  que “la conquista la hicieron los indios”.

La colonia, la imposición de la supremacía europea y el abuso del indígena americano.
Una vez que la noticia del colosal descubrimiento de América, recorrió los reinos de Europa; la batalla por la expansión y la conquista dio comienzo a una era que cambiaría para siempre la historia del mundo entero. Fueron varios los reinos que
sin pensarlo dos veces enviaron tropas al otro extremo del mundo, dispuestos a todo contal de reclamar un porción de tierra donde ondeara su bandera. Entre estos se encontraban: España, Portugal, Francia, Gran Bretaña, Holanda y eventualmente Rusia con el descubrimiento de Alaska y Dinamarca con el redescubrimiento de Groenlandia. Aunque todas estas naciones jugaron un papel importante en la configuración de la América post-colombina, los casos de colonización por parte de España y Gran Bretaña, representan los más relevantes al haber logrado controlar la mayor parte del continente con técnicas de subyugación que discrepaban notablemente una de la otra.
Por una parte, la expansión de Gran Bretaña comenzó con la temprana fundación de Jamestown en el ahora estado de Virginia, para el cultivo y la comercialización del tabaco. Seguida de la llegada de los peregrinos puritanos y el nacimiento de trece colonias cuya ideología moralista e intolerante la situó a parte del resto de los grupos invasores. Una vez que las colonias decidieron comenzar la guerra de emancipación de Gran Bretaña, la imposición de la supremacía europea se volvió aún más extrema. Conforme la nueva nación de los puritanos comenzó a expandirse, estos estaban convencidos que sería imposible incorporar a las
masas nativas dentro de la sociedad americana, por lo cual se dieron a la tarea de comenzar con un exterminio indígena que buscaba “reubicar” a los indígenas en reservas al oeste, bajo ideologías tales como El Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe cuyo estandarte era la conocida y paradójica frase de “América para los americanos” (Carlisle, R. P., & Golson, J, 2007). A diferencia de en la Nueva España, el indígena norteamericano no fue sinónimo de explotación, abuso y miseria como lo fue el africano. Para mediados del siglo diecinueve estalla la guerra de secesión entre el norte y el sur de los Estados Unidos debido entre otras cosas a sus posturas contrarias en torno a la esclavitud de los africanos. El norte o “La Unión” en contra y el sur o “Los Estados Confederados” en pro (Glenn, 2001). La guerra terminó con la ratificación de la decimotercera enmienda, la cual declaraba la abolición total de la esclavitud, dejando en libertad a alrededor de cuatro millones de esclavos (Mcpherson, 2005). No obstante, la discriminación, el

abuso y la segregación de los afro-americanos continuó a ser la norma dentro  de la cultura estadounidense durante más de la mitad del siglo XX (Taylor, 2011) y lamentablemente aún hasta hoy.
La colonización española por otra parte, se llevó a cabo de una manera bastante diversa. Una vez que la civilizaciones mesoamericanas fueron vencidas, las olas de españoles comenzaron a llegar a América para reclamar lo que ahora les pertenecía. Sin embargo, a diferencia de los puritanos británicos, los españoles no huían de un poder estatal ni viajaban familias enteras, puesto que  con la
mentalidad de quedarse indefinidamente en las tierras recién descubiertas, sino de hacer riquezas y regresar a la península. Otra diferencia entre ambas colonias fue la postura ante los indígenas. En contraste con las colonias norteamericanas, los españoles decidieron conservar a la población indígena al considerar que al igual que los africanos, éstos también podrían ser esclavizados para cumplir todas aquellas funciones que nadie quería llevar a cabo. Tanto así, que  llegó a establecerse en una ley de Indias que decía: “Que pues los indios son útiles a todos y para todos, todos deben mirar por ellos y por su conservación, pues todo cesaría si ellos faltasen” (Bernard en Sagrera, 1998, p. 55).  Lo que llevó naturalmente al nacimiento del personaje principal en la historia de la colonia, el mestizo. La cruza del indígena con el español o europeo, representó una fuerte fragmentación en la sociedad colonial. En la Nueva España, la división no era solo entre blancos y negros, sino en 16 castas raciales con un valor social diferente cada una (Navarro García, 1989, p.246).
1.  Español con India, Mestizo
2.  Mestizo con Española, Castizo
3.  Castizo con Española, Español
4.  Español con Negra, Mulato
5.  Mulato con Española, Morisca
6.  Morisco con Española, Chino
7.  Chino con India, Salta atrás

8.  Salta atrás con Mulata, Lobo
9.  Lobo con China, Gíbaro
10. Gíbaro con Mulata, Albarazado
11. Albarazado con Negra, Cambujo
12. Cambujo con India, Sambiaga
13. Sambiago con Loba, Calpamulato
14. Calpamulato con Cambuja, Tente en el aire
15. Tente en el aire con Mulata, no te entiendo
16. No te entiendo con India, Torna atrás.
Es interesante observar que entre los nombres que fueron siendo acuñados para designar a las diferentes mezclas raciales de la población novohispana, los nombres se van tornando cada vez más peyorativos y denigrantes conforme la mezcla resultante es de piel más oscura o de un linaje híbrido, como si el objetivo primordial fuera purificar la sangre hasta alcanzar la pureza racial de los españoles como si estos no hubiesen sido la mezcla de íberos, romanos, árabes y judíos (Lomnitz, 2011, p. 207)

Ahora tomando en cuenta esta breve recopilación de literatura y opiniones personales, lo único que me queda por preguntar es ¿qué se necesita para que de una vez por todas podamos aprender a vernos como iguales?

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